Un lugar seguro
Abrí la puerta del coche patrulla y le indiqué suavemente que se sentara. “Vamos a calentarte”, le dije. Dudó un momento antes de acomodarse en el asiento del copiloto, con las manos temblorosas mientras intentaba estabilizarse. “Gracias -susurró, con la voz cargada de cansancio. El suave zumbido del motor llenaba el aire, ofreciendo una breve sensación de consuelo en medio del caos, y yo la vigilaba de cerca, dispuesto a tranquilizarla en lo que pudiera necesitar.

Un entorno seguro
Llega la ayuda
No tardó en llegar una ambulancia, y los paramédicos se movieron rápidamente, con sus manos expertas comprobando sus constantes vitales. “Está estable, pero tiene que ir al hospital”, dijo uno de ellos, señalándome con la cabeza. Compartí la poca información que tenía, con la gravedad de la situación pesando sobre mis hombros. Susan, como se presentó, parecía visiblemente aliviada por su presencia, y yo la tranquilicé: “Ahora estás en buenas manos, Susan”, lo que provocó que una pequeña pero valiente sonrisa cruzara su rostro.

Llega la ayuda

